Un lugar tranquilo
Es, probablemente, el genero de terror el que cultiva más clichés y lugares comunes pero también un medio idóneo para plantear discursos y miedos colectivos a través de su notable capacidad de sugerencia. En su seno surgen obras que, con una premisa original, renuevan una de las categorías más vivas del cine comercial; y Un lugar tranquilo (John Krasinski, 2018), posee esa idea generatriz, sencilla y poderosa, que el director desarrolla solventemente para contar lo que podría haber sido una mera historia de supervivencia.
En un futuro post-apocalíptico, una familia intenta resistir el ataque de unos alienígenas devoradores que detectan a sus víctimas por los sonidos. En ese universo obligatoriamente en silencio, Krasinski construye un thriller de terror, tenso e inquietante, que no necesita mucho artificio para amedrentar. De hecho, su economía es una de las bazas de un film con cuatro actores y muy pocas líneas de diálogo (casi cine mudo) que devuelve al visionado en la oscuridad y silencio de las salas gran parte de la liturgia ritual que acompaña a la experiencia cinematográfica: respeto y atención –con algún subrayado innecesario del “score”– para una obra que hubiera mejorado con una propuesta más radical que eliminara sonidos extradiegéticos.
La necesidad de estar alerta a ambos lados de la pantalla (casi toda la información proviene de las imágenes como en los orígenes del cine) convierte al espectador en un participante activo y potencia la inmersión. Además el film se abre al drama familiar a través de los problemas de comunicación y trabaja con habilidad el cambio de paradigma de situaciones cotidianas sometidas a un condicionante tan simple como excepcional. Así, la secuencia del parto, incrustada en el centro de la historia, además de contener uno de los momentos más logrados y aterradores, se convierte en metáfora de la pervivencia de la raza humana. Todo ello en un mundo en el que hay que guardar silencio para sobrevivir, dominado por unos depredadores que acaban con los que alzan la voz. Un menú con sugerencias.
José Félix Collazos


