Tu nombre envenena mis sueños
El mismo año de producción de El perro del Hortelano Pilar Miró se volvió a poner tras la cámara para rodar la que se sería su última película, una adaptación de la novela homónima de su compañero de partido y amigo Joaquín Leguina. Su título, probablemente uno de los más sugerentes del cine español, alude al poema de Luis Cernuda Un español habla de su tierra que contiene la estrofa
“Contigo solo estaba,
En ti sola creyendo;
Pensar tu nombre ahora
Envenena mis sueños".
La nostalgia por España que el poeta sevillano plasmó en sus versos adquiere en esta obra una nueva dimensión con la añoranza del fallido amor entre sus protagonistas; añoranza que alcanza uno de sus momentos más intensos con el melancólico cruce de miradas de ambos en las secuencias inicial y final de la historia romántica asfixiada en este thriller político, una venganza femenina con trazas de cine negro.
Incrustada en una filmografía con adaptaciones de obras literarias, Werther, El perro del hortelano, Beltenebros, es con esta última con la que encuentra mayores vasos comunicantes como crónica de un periodo oscuro (marcado por la traición en la obra de Muñoz Molina) que encuentra aquí su reflejo especular en la venganza. Un tema que sobrevoló casi todas las entrevistas de la época después del injusto linchamiento mediático que sufrió la realizadora, acusada (y posteriormente absuelta) de malversación de fondos públicos en su etapa al frente de RTVE. Una conspiración de poder por el control del ente público entre dos corrientes del Partido Socialista que derivó en una auténtica “vendetta” con Miró como chivo expiatorio. A la luz de aquellos acontecimientos, en esta obra, aunque muy alejada de la autobiográfica Gary Cooper que estás en los cielos de corte más intimista, no es difícil encontrar oblicuas referencias personales en algunos diálogos de la protagonista (“La gente mata a la gente en nombre de la humanidad, de la libertad, de la patria y de Dios”) y los marcos históricos: "espero que sirva para aprender del pasado, en el que el odio nos llevó a una guerra civil”[1] declaró en una entrevista en la que reconocía francamente que la venganza procura placer –momentáneo o duradero– aunque no pueda borrar el dolor.
Quizás por todo lo anterior es el personaje de Julia Buendía (Emma Suarez), fría y manipuladora pero también sensible y dolorida, el de escritura más compleja en un guion que escribió a medias con el realizador Ricardo Franco, una mujer rebelde y determinada que se cruza en el camino del policía Ángel Barciela (Carmelo Gómez) cuando él investiga una serie de asesinatos en la inmediata posguerra española y que se enamora apasionadamente de ella. Sin juzgar a su personaje –más bien lo dota de humanidad y razones, incluso de un cierto altruismo en la primera parte del film– Miró trasciende con su reescritura el tópico binomio mujer fatal y hombre idealista enredado en la gestión de sus sentimientos, intruso y desorientado en territorio femenino.
Este armazón policiaco le sirve a la realizadora para retratar un periodo gris de la historia reciente y saldar deudas con una infancia carente de afectos familiares que ella consideraba triste por el miedo y el silencio instalado en la sociedad. Estructurada en tres momentos temporales, la película transcurre durante el conflicto bélico en la retaguardia de Madrid –aquí singularmente desarrollada en espacios interiores con personas que vivían cada día como si fuera el último–, los primeros años de posguerra como etapa de consecuencias y 1953 con la dictadura asentada; año el que comienza y se cierra la película y que la realizadora utiliza fundamentalmente para plegar el tiempo fílmico. Esta geometría circular (por momentos espiral) contiene una interesante y arriesgada articulación a través de un laberinto de flashbacks que opera como la memoria con sus elipsis y saltos en el tiempo pero que, como ella, generan cierta confusión, dejan algún cabo suelto y precipitan la historia romántica a pesar del ritmo pausado, y sin embargo firme, que impulsa el relato.
En el conjunto destaca la indirecta visión de la contienda con el foco puesto sobre los amedrentados personajes, sus miedos, inseguridades y determinación de supervivencia. Un tiempo seminal, de mirada personal y subjetiva, que se hubiera enriquecido con un mayor desarrollo y definición de personajes secundarios como el ingeniero Buendía, su esposa e hijo Luis. En el otro segmento principal y como consecuencia de lo anterior la película se adentra en el policiaco más clásico con la investigación de unos crímenes que hacen aflorar las rencillas, los odios, y la cadena de consecuencias que todo esto trae consigo. Es en esta parte dónde el film incrusta la eterna historia de amor de un hombre por la mujer equivocada. La composición del inspector Barciela (Carmelo Gómez) y la esquiva Julia a cargo de Emma Suárez con su complejidad, misterio y contradicciones hacen volar la cinta por encima de los arquetipos del cine negro sin abandonar sus códigos, aunque algunos diálogos se perciban acartonadamente literarios. La cuidada ambientación y, sobre todo, una sugerente fotografía de Javier Aguirresarobe –llena de matices que marcan los diferentes tiempos y sentimientos– cohesionan estilísticamente este ejercicio de cine negro, crónica social y drama romántico que Miró rueda con fuerza, habilidad y también sensibilidad. Rasgos de su propia personalidad –intrincada y llena de recovecos como la trama– que transfiere a la película con algunas frases rotundas ( “Nos lo quitaron todo, primero la juventud, luego los sueños… nos quitaron hasta el futuro”) y adquieren un nuevo significado con aroma de catarsis privada al margen de la diégesis. Un asunto que ella misma abordaba en la entrevista citada anteriormente con motivo de su participación con esta obra en el Festival de San Sebastián: “Con mi vida, que es hacer cine, no van a acabar fácilmente”. Así fue, porque su muerte prematura se debió a una insuficiencia mitral congénita contra la que luchó toda su vida, el único adversario que ganó la batalla a una mujer que fue objeto de censura, lacerantes críticas, persecuciones injustificadas y hasta un espinoso procesamiento militar.
Queda la valentía con la que enfrentó su vida y el riesgo asumido en una filmografía que se cerró abruptamente con el proyecto en el horizonte de adaptar el clásico Don Carlos de Schiller, un texto excesivo que contiene otra historia de amor imposible en uno de los periodos más turbulentos de la Historia. Una obra de impulso poético con mensaje de perspectiva histórica: el conocimiento del pasado para forjar un futuro desde el presente. Y una última cita, reveladora y dolorosa, del mismo poema de Cernuda para cerrar circularmente la mirada sobre esta historia de perdedores:
Ellos, los vencedores
Caínes sempiternos,
De todo me arrancaron.
Me dejan el destierro.
José Félix Collazos
[1] Entrevista concedida a Paula Ponga en Fotogramas #1835, septiembre 1996.


