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SSIFF 2025



La edición de este año del Festival de Cine de San Sebastián volvió a confirmar al Zinemaldia como un espacio de fricción entre tradición y presente, entre un modelo de gran festival generalista y la persistente voluntad de sostener un cine de autor exigente en el corazón mismo de su Sección Oficial.
Fecha: 01/10/2025
Autor: José Félix Collazos

Lejos de una edición complaciente o de mero escaparate industrial, la programación dibujó un mapa irregular pero estimulante, atravesado por interrogantes sobre la memoria, las formas de representación del conflicto —íntimo, político o histórico— y el lugar que ocupa hoy el cine en un ecosistema audiovisual cada vez más tensionado. Sin estridencias ni gestos grandilocuentes, el festival apostó por una selección que invitaba menos al consenso que a la discusión, confirmando que, más allá del brillo puntual de Perlak o de los nombres consagrados, el verdadero pulso del Zinemaldia sigue latiendo en su capacidad para generar pensamiento crítico a partir de las imágenes.

La Sección Oficial de esta edición se presentó como un territorio especialmente heterogéneo, atravesado por una notable presencia de autorías reconocibles y por un interés recurrente en los vínculos familiares, las herencias emocionales y las fracturas íntimas que dialogan, de manera más o menos explícita, con contextos sociales y políticos amplios. Sin un discurso unívoco, la competición ofreció un mosaico de propuestas que oscilaron entre el clasicismo narrativo, el riesgo formal y una cierta pulsión reflexiva sobre el propio acto de representar.

El cine en español tuvo una presencia destacada y diversa. 27 Noches, de Daniel Hendler, planteó una divertida y mordaz (tragi)comedia sobre la vejez y el dinero apuntalada en la magnífica actuación de su protagonista Marilú Marini. Más rotunda y de pulso narrativo firme resultó Los tigres, de Alberto Rodríguez, que vuelve a demostrar su solvencia para articular relatos de atmósfera y tensión moral, aunque aquí el dispositivo genérico parece imponerse en ocasiones a la complejidad de sus personajes. En un registro distinto está la ganadora de la Concha de Oro, Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, que utiliza el misterio de la fe para insistir en su mirada precisa sobre las dinámicas familiares y los conflictos soterrados, con una sensibilidad que observa sin juzgar y un trabajo actoral especialmente afinado. También desde el ámbito de lo íntimo, Maspalomas, de José Mari Goenaga y Aitor Arregi, despliega un relato delicado sobre la identidad y el paso del tiempo, con una puesta en escena contenida que privilegia los gestos mínimos y la observación paciente. La composición, llena de matices, que del protagonista hace José Ramón Soroiz le reportó el galardón a Mejor Interpretación (ex aequo) al veterano actor vasco.

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La competición se abrió igualmente a miradas internacionales de fuerte personalidad autoral. Le cri des gardes, de Claire Denis, se inscribe en la línea más áspera y fragmentaria de la cineasta francesa, con una fisicidad de las imágenes que vuelve a situar el cuerpo y el deseo en el centro de su propuesta, aunque no siempre logre articular un relato plenamente cohesionado. Joachim Lafosse, por su parte, regresa a su terreno habitual en Six jours ce printemps-là, un drama de tensiones morales y afectivas que confirma su pericia para diseccionar las grietas de la familia contemporánea desde una puesta en escena funcional y precisa que le reportó los premios a Mejor Dirección y Guion. Menos convincente resulta Ungrateful Beings, de Olmo Omerzu, otro retrato familiar que ambiciona una mirada generacional pero que se resiente de cierta indefinición tonal.

Entre las propuestas más ambiciosas de la sección destacó Franz, de Agnieszka Holland, un film de vocación histórica y política que recupera el aliento del gran relato europeo, apoyado en una sólida reconstrucción de época y un discurso que dialoga con el presente desde la memoria. En un registro muy distinto, SAI: Disaster, de Yutaro Seki y Kentaro Hirase, introduce el dispositivo formal más radical y original de la sección para reflexionar sobre la catástrofe, el mal y su representación, descolocando al espectador y ampliando los márgenes de la competición.

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La sección también acogió obras centradas en figuras femeninas atravesadas por conflictos íntimos y sociales. Belén, segunda obra como directora de Dolores Fonzi, propone un retrato colectivo y cercano, tan eficaz como pedagógico sobre la lucha de las mujeres argentinas por el derecho al aborto, mientras que Las corrientes, de Milagros Mumenthaler, vuelve a desplegar su habitual sensibilidad para observar el tiempo, la memoria y las relaciones afectivas desde una cadencia pausada y una puesta en escena austera y en ocasiones crítica. Más problemática resulta Un fantasma en la batalla, de Agustín Díaz Yanes, que aborda el relato histórico desde un clasicismo que no siempre logra escapar de cierta rigidez narrativa y el cine de plantilla.

El cine como reflexión sobre sí mismo y sobre sus materiales estuvo presente en Flores para Antonio, de Elena Molina e Isaki Lacuesta, un ejercicio híbrido que dialoga con la memoria, la creación y el archivo, y en Historias del Buen Valle, (Premio Especial del Jurado) de José Luis Guerin, una de las propuestas más singulares de la sección, donde la observación del territorio y los testimonios vuelven a convertirse en gesto político y poético a un tiempo. Más convencional en su planteamiento, aunque eficaz en términos de producción, fue Nuremberg, de James Vanderbilt, que apuesta por el relato histórico de vocación didáctica.

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La competición se completó con títulos como la china Her Heart Beats in Its Cage, de Qin Xiaoyu, un retrato femenino de sensibilidad contenida que consiguió el Premio de Interpretación para su protagonista, Zhao Xiaohong, y Ballad of a Small Player, de Edward Berger, un pretencioso film de factura apabullante que se apoya en la interpretación de Colin Farrell pero que adolece de un guion tan débil que deja en evidencia toda su pirotecnia visual .

La sección Perlak volvió a desempeñar su papel de escaparate privilegiado del cine ya legitimado por otros grandes festivales, una suerte de canon inmediato del presente cinematográfico que, si bien garantiza un alto nivel medio, también permite medir con mayor claridad las constantes, obsesiones y derivas del cine de autor contemporáneo. En esta edición, Perlak se articuló en torno a una marcada presencia de autores reconocibles y estilos plenamente consolidados, con resultados desiguales que oscilaron entre la reafirmación de una voz propia y la reiteración de fórmulas ya conocidas.

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El peso de las grandes firmas fue evidente desde el inicio. Richard Linklater presentó Nouvelle Vague, un ejercicio cinéfilo y reflexivo que dialoga abiertamente con la historia del cine europeo y con su propia filmografía, planteando una mirada nostálgica pero lúcida sobre los mecanismos de creación y transmisión cultural del modernismo cinematográfico. Joachim Trier regresó con Sentimental Value, una obra de notable sensibilidad que vuelve a explorar las complejas relaciones familiares y la herida emocional como motor narrativo, apoyándose en una escritura precisa y una puesta en escena que equilibra contención y emoción sin caer en el subrayado. Más cerebral y fragmentaria se mostró la propuesta de Olivier Assayas en El mago del Kremlin, un film atravesado por la política, el poder y la opacidad de los relatos contemporáneos, que exige un espectador activo y atento a sus múltiples capas discursivas.

Desde Latinoamérica, Kleber Mendonça Filho presentó El agente secreto, una obra tensa y luminosa, no exenta de humor, que confirma su capacidad para convertir el thriller político en un instrumento de lectura histórica y social, mientras que Guillermo Galoe, con Ciudad sin sueño, propone una mirada más frágil y poética sobre la marginalidad urbana, construida desde la observación paciente y un notable trabajo con los espacios y los cuerpos. En un registro igualmente atmosférico, Hlynur Pálmason volvió a demostrar su dominio del paisaje y del tiempo fílmico en The Love That Remains, una obra de fuerte impronta sensorial donde la naturaleza y los vínculos afectivos se entrelazan de manera orgánica, prolongando las constantes de su cine.

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La sección también acogió títulos que dialogan con el presente desde dispositivos más explícitos. Jafar Panahi, fiel a su cine de resistencia, presentó Un simple accidente, una nueva reflexión sobre la arbitrariedad del poder y la fragilidad del individuo que, desde su aparente sencillez, vuelve a cargar de sentido político cada gesto cotidiano. En una línea distinta pero igualmente comprometida, Kaouther Ben Hania ofreció La voz de Hind, un relato híbrido que combina la ficción con el testimonio real y articula denuncia y emoción sin renunciar a una cuidada construcción formal dentro de los límites de una única localización. Más polémica resultó la presencia de Yorgos Lanthimos con Bugonia, una propuesta que insiste en su universo de extrañamiento y sátira, aunque aquí la radicalidad del planteamiento parece tensionar en exceso la relación entre discurso y forma.

Entre las propuestas más clasicistas se situaron L’Étranger, de François Ozon, una adaptación sobria y contenida de la famosa novela de Albert Camus que apuesta por la claridad narrativa y una elegante fotografía en blanco y negro, y La Grazia, de Paolo Sorrentino, donde el cineasta italiano vuelve a desplegar su habitual aparataje visual y su mirada melancólica sobre el poder y la decadencia, con un resultado tan reconocible como irregular. Noah Baumbach, por su parte, presentó Jay Kelly, una obra menor en apariencia pero eficaz en su retrato de las neurosis de las estrellas de cine y las relaciones afectivas atravesadas por las crisis de identidad.

Perlak confirmó así su condición de sección-refugio para un cine ya validado, con obras que dialogan entre sí por acumulación de estilos y temas más que por riesgo o sorpresa. Un espacio necesario para tomar el pulso al cine internacional reciente, pero también para constatar hasta qué punto algunas autorías comienzan a transitar territorios de reiteración, mientras otras siguen encontrando nuevas formas de interpelar al espectador desde la madurez.

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En los márgenes de la Sección Oficial y del escaparate autoral de Perlak, el Zinemaldia volvió a desplegar en sus secciones paralelas un espacio de mayor libertad, donde las formas y los discursos parecieron respirar con menos condicionantes. Zabaltegi-Tabakalera se confirmó, una vez más, como el territorio más permeable a lo híbrido y a la exploración de nuevas voces, acogiendo películas que tensionan los límites entre ficción, diario íntimo y gesto político. Tanto Urchin (Harris Dickinson) como Lurker (Alex Russell) apostaron por relatos incómodos, de puesta en escena austera y pulsión generacional, mientras que Bajo las banderas, el sol (Juanjo Pereira) se inscribió en una línea de cine de investigación histórica que dialoga con la memoria colectiva desde una perspectiva formal contenida pero incisiva.

Por su parte, Horizontes Latinos mantuvo su función esencial como observatorio privilegiado del cine iberoamericano contemporáneo. Un poeta (Simón Mesa Soto) destacó por su mirada irónica y melancólica sobre la figura del creador, articulando un relato que oscila entre la autoconciencia crítica y la fragilidad emocional, en sintonía con una tradición latinoamericana que reflexiona sobre sus propias condiciones de producción y legitimidad cultural.

El resto de secciones y proyecciones especiales completaron un mapa diverso, donde convivieron propuestas de fuerte impronta autoral con títulos de vocación más industrial. En este sentido, la proyección vinculada al Premio Donostia para Jennifer Lawrence, Die My Love, se percibió como una reafirmación del cine físico y emocionalmente extremo de la directora Lynne Ramsay, prolongando una filmografía marcada por la intensidad sensorial y el conflicto interior.

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E
l cierre llegó, como es habitual, con la película sorpresa, un gesto programático que suspende momentáneamente el aparato crítico para devolver al espectador a una experiencia más lúdica. Frankenstein, de Guillermo del Toro, funcionó así como un epílogo cargado de resonancias: relectura de un mito fundacional del imaginario moderno, pero también declaración de amor al cine clásico, al artificio y a la potencia emocional de lo monstruoso. Más que un golpe de efecto, la elección subrayó una idea transversal a todo el festival: la necesidad de seguir dialogando con la tradición para pensar el presente.

Con este último bloque, el Zinemaldia cerró una edición construida más desde la acumulación de matices que desde la espectacularidad inmediata. Un festival que sigue entendiendo su programación como un espacio de conversación entre formas, generaciones y territorios, y que confirma, una vez más, que su verdadera fortaleza reside en esa tensión constante entre centro y periferia, entre canon y riesgo, entre relato y fisura.

José Félix Collazos

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