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Spencer

Director: Pablo Larraín

Crítica publicada en el número de noviembre 2021 de "Caimán Cuadernos de Cine"
Fecha: 19/11/2021
Autor: José Félix Collazos

POBRE NIÑA RICA

Spencer se abre con una declaración de intenciones que con su traducción adquiere un inesperado doble significado en su adjetivo final: “Una fábula sobre una tragedia real”. Esta aproximación a la figura de Lady Di es el paisaje de una batalla interior y el retrato de la institución como un (fuera de) campo enemigo, una corporación siniestra e invisible en la que “no hay futuro, solo pasado y presente”. No es este el único tropo de “thriller” insertado en un film que se abre con un convoy militar que zarandea con sus ruedas el cadáver de un faisán y transporta otro tipo de munición, amenazante comida para alimentar su bulimia, y del que los cocineros descienden en formación mientras llega la familia real y el plano filmado desde la altura de sus mascotas oculta sus rostros.

En paralelo, la princesa viaja desorientada en su descapotable y ante los atónitos clientes de un bar de carretera confiesa “estoy perdida”, obviedad y rasgo de humor en una cinta que se ahoga en su reiteración, en su incapacidad de proponer narrativamente algo más que una idéntica tragedia con metáforas de acierto desigual y frases que se perciben conscientes de su propia profundidad: sogas al cuello en forma de lujosos collares, una biografía de Ana Bolena ­–otra víctima de la realeza–, aves de caza criadas para el cruel entretenimiento y que Diana dice envidiar por su plumaje ya que “siempre pueden usar el mismo atuendo”… La ambivalente relación con la ropa de la que fuera icono de la moda se aborda aquí con su guardarropa meticulosamente elegido de antemano por otros, sin lugar para la disensión, mientras ella se identifica con la chaqueta andrajosa de un espantapájaros y culmina en la bella secuencia por los pasillos del palacio en la que expresa su ansia de libertad bailando con diferentes modelos basados en sus looks más reconocibles. La película, que avanza como diferentes piezas de cámara, introduce un cambio audaz con un registro cercano al terror gótico cuando Diana avanza de noche con su glamoroso vestido blanco para ingresar en la casa donde fue criada, ahora una mansión encantada en descomposición que refleja el daño psicológico en forma de alucinaciones. Cuando es interceptada por un guardia, le ruega que no informe: “digamos que vio un fantasma” y el recuerdo de su malogrado final convierte el vestido de gala en un anticipado sudario. 

El film asume otras muchas decisiones valientes que lo sitúan en el filo entre la genialidad y la ocurrencia pero es innegable su virtuosismo formal apoyado en un elegante diseño escenográfíco, la texturizada fotografía de Claire Mathon en constante movimiento, la turbulenta partitura de Jonny Greenwood –que parece tener línea directa con las emociones de Diana– y, sobre todo, la magnética interpretación de Kristen Stewart, presumiblemente basada en su propia experiencia de sobreexposición a los medios. Su incandescente princesa es tan frágil y tierna como egocéntrica y autocompasiva. Y como en Jackie (2016), Larraín dinamita las convenciones del “biopic” para enfocar a otra mujer icónica en crisis aplastada por su propia imagen y la forma en que esta se construye y deconstruye; la forma en que las mujeres más contempladas del mundo son observadas como si fueran propiedad de las personas que miran.

José Félix Collazos

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