Sorry We Miss You
La polarización de la crítica ante la obra reciente del doble ganador de la Palma de Oro en Cannes Ken Loach puede explicarse –en parte– más por un progresivo desplazamiento del canon del cine social (hacia postulados de otros ilustres habituales del certamen francés también laureados) que a una significativa deriva del cineasta y las propuestas que viene desarrollando últimamente con su guionista Paul Laverty. Empeñado en (de)mostrar la realidad, el británico practica un cine didáctico, alejado de sutilezas, que no duda en utilizar recursos del melodrama más desaforado para producir una inmediata respuesta emocional en el espectador y sustentar sus tesis. Pero también es inquebrantable su compromiso con las clases más desfavorecidas y la denuncia de un sistema neoliberal que pasa factura –aquí literalmente– a los más débiles: Sorry We Miss You se articula para explicar, más que ilustrar, cómo la externalización de procesos y servicios está generando una nueva forma de esclavitud; “autónomos” con empleo pero en el umbral de la pobreza. Como diagnóstico es impecable, otra cosa es la puesta en escena.
En el ya octogenario Loach se percibe la urgencia y literalidad desde la primera secuencia en la que el protagonista Ricky es tentado con la idea de ser “dueño de su propio destino”, pero su alegato contra el determinismo social (ese hijo bajo la amenaza de reproducir la vida de sus padres) pierde credibilidad con la acumulación de desgracias en un guion sin respiro que niega el libre albedrío y les convierte en marionetas de un destino fatal sin posibilidad de esperanza. Sin embargo y a pesar de ciertos esquematismos, su oficio narrativo y capacidad en la dirección de actores dotan al film de empatía y emoción, sobre todo en las escenas familiares, y la película se cierra de forma contundente y realista. En el resbaladizo debate sobre el fin y los medios con palabras tan gastadas como necesario o maniqueo, quizá hubiera que hacer una última disociación para afrontar serenamente el cine de Ken Loach: separar el cineasta del activista cinematográfico.
José Félix Collazos


