Silent Night
Las películas sobre el fin del mundo son un género en sí mismas, igual que los dramas colectivos sobre reencuentros o los productos netamente navideños. Lo inédito, en principio, es mezclar referencias tan aparentemente distantes para, explorando las posibilidades de sus códigos, encontrar algo diferente. En el debut como directora de Camille Griffin, un grupo de viejos amigos y sus familias pasan juntos su última noche en la Tierra en la casa de campo de una acomodada pareja. El fin del mundo ha llegado en forma de nubes tóxicas de gas por la negligencia hacia un planeta sometido a una incesante contaminación. Juntos, han decidido suicidarse con las cápsulas de veneno que el gobierno ha distribuido a la población (excluyendo migrantes indocumentados) para evitar una lenta agonía. Desde un comienzo estándar de comedia coral, Silent Night va adentrándose en un terreno más oscuro y adyacente al terror mientras los banales recuerdos del pasado y las viejas rencillas se abren a debates más filosóficos sobre el privilegio, la seguridad, el cambio climático o la responsabilidad colectiva.
Griiffin pasa de la farsa a la tragedia articulando todas estas transiciones a través de un guion –premiado en el festival de Sitges– que desaprovecha, en el segundo acto, el impacto de su interesante yuxtaposición inicial con cierta falta de impulso en sus ideas, repetición de elementales observaciones y un arco de personajes que hubiera necesitado mayor riqueza y complejidad. Sin embargo, la propuesta remonta en su parte final cuando abandona la dramatización, llena de incómodos diálogos entre adultos con cierto humor subversivo –en realidad la película es más amena que divertida– y pone el foco sobre Art, hijo de la pareja de anfitriones, que con sus dudas sobre tomar la “píldora de salida” desafía el orden y crea una espinosa interacción generacional que convierte el film en algo más abrasivo, interesante y veraz bajo su envoltorio. Y es que siempre hay lugar para el terror en las reuniones de Navidad, donde el pavor acecha detrás de la forzada alegría.
José Félix Collazos


