Siemprevivas
Las que todavía tienen algo que decir
Hay algo profundamente político en seis mujeres sentadas hablando de sus cosas. No porque sus conversaciones necesiten ser solemnes ni porque cada palabra aspire a convertirse en reivindicación, sino precisamente porque hablan como si nadie las estuviera juzgando. Se ríen, recuerdan, discuten, cuentan historias de hombres, de sexo, de dinero, de la calle y de una Barcelona que ya casi no existe. Siemprevivas encuentra ahí su razón de ser: en devolver la palabra a quienes tantas veces han sido habladas por otros.
El punto de partida es Laura, mujer trans de 65 años que, después de veinte años retirada para cuidar de su madre, se plantea regresar al trabajo sexual. La película podría haber convertido ese regreso en un relato de superación, pero prefiere algo mucho más interesante: dejar que las dudas de Laura se confronten con las experiencias de sus amigas. Y entonces el verdadero asunto deja de ser si volverá o no a trabajar. Lo que aparece es una pregunta más incómoda: ¿qué ocurre cuando una sociedad decide que determinados cuerpos han dejado de ser deseables, productivos o incluso visibles?
La respuesta de estas mujeres está lejos del victimismo. Hay heridas, precariedad y estigma, pero también humor, deseo, orgullo y una formidable capacidad para inventarse la vida. La amistad se convierte así en una forma de resistencia. Un pequeño sistema de cuidados construido al margen de las instituciones, donde cada una aporta su experiencia para ayudar a las demás a enfrentarse a aquello que viene.
La cámara participa de esa intimidad con una confianza que solo puede nacer de una relación prolongada. Durante años, el equipo ha acompañado a las protagonistas y esa familiaridad permite acceder a sus casas, sus habitaciones y sus conversaciones sin la sensación de estar irrumpiendo en un territorio ajeno. El resultado tiene algo de sobremesa filmada: la película parece desaparecer para que ellas ocupen todo el espacio.
Y quizá ahí reside también su límite. Siemprevivas no busca una forma cinematográfica que esté a la altura de la singularidad de sus personajes. Su puesta en escena es sencilla, incluso convencional, y deposita casi toda su confianza en la fuerza de los testimonios. Pero sería injusto considerar esa modestia únicamente como una carencia. Hay una coherencia entre la precariedad de los medios, el carácter autogestionado del proyecto y una película que no pretende apropiarse de unas vidas que, durante demasiado tiempo, otros se han empeñado en interpretar.
El Raval termina apareciendo como una presencia más: un territorio transformado por la especulación y el paso del tiempo, pero también un espacio de memoria. En sus calles sobreviven estas mujeres, y sobre todo sobrevive una manera de entender la comunidad que la ciudad contemporánea parece empeñada en borrar.
Siemprevivas no descubre nada. Hace algo quizá más necesario: mira. Y al mirar durante el tiempo suficiente, consigue que seis vidas convertidas en estigma recuperen aquello que el estigma siempre les había arrebatado: su complejidad.


