Punto de Vista 2026: Imágenes en conflicto
La edición de este año ha ofrecido una ocasión idónea para mirar hacia atrás con motivo del vigésimo aniversario de Punto de Vista y, al mismo tiempo, de proyectarse hacia un futuro necesariamente incierto. En dos décadas, como recordaban sus anteriores directores artísticos, el cine ha vivido “un vuelco histórico descomunal”, impulsado por una revolución tecnológica que ha desembocado en una sobreabundancia inédita de imágenes. Nunca se había filmado tanto, nunca se había registrado tanto, y sin embargo la pregunta sigue siendo la misma: qué hacer con todo ello. Cómo “espigar” en esa acumulación, cómo evitar que la proliferación derive en uniformidad o, por el contrario, en una heterogeneidad invisible. En un contexto donde lo individual y lo político parecen entrelazarse –no sin tensiones entre narcisismo y memoria–, el cine documental se enfrenta al reto de encontrar formas que no solo registren el mundo, sino que lo hagan nuevamente pensable.
En ese horizonte, el Gran Premio para I Lit the Fire! de Valeria Lemeshevskaya adquiere una dimensión programática. Su gesto radical –filmar como quien se expone, como quien habita– sitúa la cámara no como herramienta de captura sino como extensión del cuerpo. Entre la experiencia migratoria de la cineasta y la vida de una niña en Kirguistán, la película construye un espacio de relación donde lo político no se enuncia, sino que se filtra en los vínculos, en la fragilidad, en la presencia. El jurado destacó “un enfoque vital y visceral del documental como un lugar de encuentro”, subrayando una idea que atraviesa buena parte de la edición: frente a la saturación de imágenes, la necesidad de devolver al cine su potencia de experiencia compartida.

Esa misma búsqueda de lo esencial, aunque desde coordenadas formales muy distintas, está Sin ton ni son de Víctor Ladera (Premio Jean Vigo a la Mejor Dirección). Su negativa al montaje y su fidelidad al tiempo inscrito en la cinta magnética plantean una resistencia frontal a la manipulación infinita de la imagen digital. En su aparente austeridad, el film activa enigmas que no se resuelven y, en un mundo de imágenes disponibles, Ladera propone imágenes irrepetibles.
También desde la economía de medios, pero en clave lúdica, 3cm of Complexity de Anna Vasof (Mejor Cortometraje) convierte el colapso contemporáneo en materia de juego. Su pregunta –“¿cómo estar sano en un mundo enfermo?”– resuena más allá del humor, revelando las fisuras de sistemas que, como el sanitario o el social, sostienen una normalidad precaria. Frente a la gravedad del contexto, su cine reivindica la imaginación como forma de resistencia.
En otro registro, Krakatoa de Carlos Casas (Premio del Público) desplaza la mirada hacia lo telúrico. Su experiencia sensorial, atravesada por la memoria del desastre y la amenaza ecológica, confronta al espectador con una escala que desborda lo humano. Allí donde Lemeshevskaya filma el cuerpo y Ladera el tiempo, Casas filma la fuerza del planeta, recordando nuestra vulnerabilidad en un presente que ya es, en cierto modo, apocalíptico.
Entre lo íntimo y lo colectivo se sitúa también Fomos Ficando Sós de Adrián Canoura (Premio de la Juventud), una carta fílmica del director a su padre con clara vocación plástica. En sus imágenes, el archivo, el presente y la indagación formal se entrelazan para recuperar y reconstruir el tiempo en una deriva donde el cine se replica como dispositivo artístico.

Las menciones especiales prolongan este territorio de lo invisible. En Daria’s Night Flowers (una de las obras más hermosas de esta edición) Maryam Tafakory reescribe la historia del cine iraní desde sus huecos, articulando un lenguaje de signos, colores y silencios para hacer visible lo prohibido. Y en Masayume, Nao Yoshigai convierte el duelo en una coreografía suspendida, donde el cuerpo aprende de nuevo a habitar el tiempo. Ambas películas, desde lugares distintos, insisten en una misma operación: hacer perceptible lo que no tiene imagen.
Quizá ahí resida una de las claves de esta edición: en un mundo saturado de registros, el cine no necesita producir más imágenes, sino encontrar aquellas capaces de abrir una fisura. De sostener una experiencia. De devolver, en medio del ruido, la posibilidad de mirar –y compartir– algo que todavía no sabíamos ver.
José Félix Collazos


