Petrus
Hay en Petrus una idea persistente: resistir no como reacción, sino como forma de vida. Lejos de cualquier épica, la película se adentra en una temporalidad lenta donde el desgaste –del territorio, de los oficios, de la memoria– se acompasa con gestos que insisten en no desaparecer.
Tres trayectorias se entrecruzan sin jerarquía: la del artesano que habita la contradicción de crear para un mercado exclusivo mientras defiende un oficio en extinción; la del custodio de un museo que convierte la memoria en acto casi quijotesco; y la de una alcaldesa que transforma la gestión política en una forma de arraigo. No son figuras excepcionales, sino síntomas de una misma tensión: cómo sostener sentido en un mundo que lo desplaza hacia otros centros.
La película dibuja así un mapa de fricciones: entre lo rural y lo urbano, entre lo que permanece y lo que se desvanece, entre el valor simbólico y su traducción económica. Pero en lugar de resolverlas, las deja vibrar en el paisaje, entendido aquí como archivo vivo y, a la vez, como evidencia de pérdida. En ese contexto, lo cotidiano emerge como último espacio de resistencia. No hay grandes gestos, solo la obstinación de seguir haciendo, recordando, habitando. Petrus parece sugerir que, quizá, la única forma de futuro posible consista en no abandonar del todo aquello que todavía nos define. Porque tal vez resistir no cambie el mundo, pero lo mantiene, todavía, habitable.
José Félix Collazos


