Perros de presa
Perros de presa arranca donde muchas pesadillas sobre el Holocausto concluyen: la liberación de los campos de exterminio por la avanzadilla rusa en plena descomposición del régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial. En este entorno caótico, un grupo de niños huye del internamiento en el centro polaco de Gross-Rossen a través de un bosque, paradigma de esa Europa donde acecha el mal, y quedan confinados en una mansión en ruinas sin comida, electricidad ni agua corriente. En esta nueva reclusión comienza una primitiva lucha por la existencia amenazados por otro grupo superviviente, los perros guardianes del campamento que vagan salvajes y enloquecidos por el hambre. Ecos de El señor de las moscas (William Golding) reverberan en el laberintico espacio de su aislamiento pero el más nítido referente se encuentra en su título internacional Werewolf (hombre lobo) que apela de forma directa a la teoría hobbesiana y a su término equivalente en alemán, “Werwolf”, con el que los nazis denominaron su plan para dejar fuerzas encubiertas detrás de las líneas enemigas a medida que los Aliados avanzaban hacia Berlín.
Sobre la dualidad y con estos dos grupos –victimas del abandono que funcionan como reflejos deformados– el film se dota de una atmósfera de temor y amenaza constante, un inquietante viaje por la psique de unos personajes no desarrollados de forma proporcional pero sí observados en su totalidad con compasión y misericordia por una cámara huérfana de tonalidades cálidas. Adrian Panek, realizador y escritor, se sirve de numerosas alegorías para armar una sombría fábula que transita eficazmente por el cine de terror y el thriller de guerra pero ofrece sus mejores momentos como drama psicológico de personalidades devastadas por el maltrato en su frágil proceso de formación y que luchan por volver a apre(he)nder su humanidad. Una historia de mayoría de edad enteramente subvertida en la que la maduración no conlleva el traumático descubrimiento de experiencias de dolor y de amargura sino exactamente todo lo contrario: su olvido y superación.
José Félix Collazos


