Pearl
CRISIS Y CISÁLIDA
Elsa Amiel ha sido colaboradora de creadores como Raoul Ruiz, Bertrand Bonello, Noémie Lvovsky o Mathieu Amalric, pero la mayor influencia –autodeclarada– al abordar su primer largometraje ha sido el trabajo de Martin Schoeller, fotógrafo cuyos retratos y estudios sobre el cuerpo se basan en primeros planos de gran detalle. De forma parecida, en las primeras tomas de su debut la pantalla se llena de fragmentos de un cuerpo con los poros visibles en encuadres extremos. Una abstracción que Amiel usa como punto de partida para esta obra sobre la identidad y la reconfiguración de su protagonista, Léa Pearl (Julia Föry), en las horas previas a la final de un campeonato internacional de culturismo, cuando es alcanzada por su pasado al reaparecer su expareja con el hijo de ambos al que ella abandonó hace cuatro años para cumplir sus sueños. Este incidente complica aún más la enfermiza codependencia que mantiene con su dominante entrenador Al (Peter Mullan); una especie de “preparador proxeneta” con el que mantiene una tensa relación y que la ve como un objeto para alcanzar éxito y esponsorización. Mujer, madre o simple cuerpo, es clave la secuencia en la que un potencial patrocinador escruta a Léa haciendo poses y elogia su apariencia como muy “femenina” en un mundo donde las hormonas y músculos hipertrofiados difuminan un género que, a su vez, se pretende restituir con toda la artillería fetichista del imaginario masculino: toneladas de maquillaje, bikinis de lentejuelas y tacones altos estilo stripper. Un universo teatral y surrealista potenciado por una iluminación que recuerda a la escena “drag”, discotecas y concursos de belleza a la vez.
La originalidad de Pearl se encuentra en introducirse en un mundo desconocido y sórdido, envasado al vacío –con plásticos que cubren las paredes– y en el que cuerpos moldeados a voluntad definen la identidad de cada individuo, para desarrollar una mirada sobre las convenciones de género y llevar al límite conceptos como la feminidad y la maternidad. Todo ello a través de una puesta en escena decidida y congruentemente física: con precisión en los detalles, la cámara se concentra en cada expresión del rostro y los mínimos cambios en el lenguaje corporal de su protagonista, sin abandonar una proximidad que, con el tiempo, deriva en una intensa intimidad emocional para insinuar conflictos profundos detrás de las fachadas doloridas. La batalla interior de Léa se explicita desde un punto de vista puramente fisiológico: la visión de su hijo se asocia automáticamente con el regreso del ciclo menstrual.
En otros momentos el film se demora sobre la carne tonificada, acariciando cuerpos que han sido esculpidos por el trabajo duro y la autodisciplina extrema para encontrar la fragilidad que subyace en este deporte narcisista. Más allá de las obvias referencias a superhéroes, encontramos aquí la mitología de los héroes trágicos: prisioneros de un cuerpo que ellos mismos han construido, trabajan hacia un ideal (físico) que es, por definición, inalcanzable. Desde la renuncia y la metamorfosis, el film propone un provocativo viaje hacia la libertad de una mujer perdida que, desde su punto de rotura, se reconecta consigo misma.
José Félix Collazos


