No hay otra opción
Desde su primera secuencia –un jardín imposible, pétalos que caen como confeti y un hombre que proclama “lo tengo todo”– la última película de Park Chan-wook se revela como una maquinaria de ironía visual. El director coreano filma la plenitud con la misma concreción con la que más tarde filmará su descomposición: encuadres geométricos, espacios arquitectónicos que encierran a los cuerpos, superficies de vidrio y pantallas que fragmentan la mirada. Nada en este mundo es orgánico; incluso el hogar y el invernadero parecen ya vitrinas de museo de una forma de vida en extinción y el papel –materia de su oficio y soporte del dinero y los contratos– se vuelve metáfora: el mundo entero está hecho de una materia frágil que la automatización y el algoritmo están volviendo obsoleta. El gesto radical del film es convertir el asesinato en un procedimiento administrativo. Man-su no actúa como un psicópata sino como un gestor: reduce candidatos, optimiza posibilidades y neutraliza la competencia.
El dispositivo –de gran precisión– choca deliberadamente con un protagonista torpe, casi de slapstick: Man-su conspira como un villano operístico pero actúa como un cartoon. La estilización extrema de Park –sus zooms, sus simetrías, sus travellings sinuosos– no engrandece a Man-su, lo deja en evidencia: la fricción entre el virtuosismo del estilo y la ineptitud del personaje genera tanto momentos geniales como una cierta fatiga tonal. De ahí el humor, pero también la incomodidad. La película se resiente a veces de su propio exceso, de una duración y una proliferación de gags que dispersan su potencia crítica. Pero en ese barroco narrativo aparece una figura que reordena el sentido: Miri. Frente a la lógica masculina del “no hay alternativa”, ella es la única que acepta que toda supervivencia implica pérdida. Su gesto final, tan discutible como necesario, convierte la comedia negra en algo más inquietante: una película sobre cómo, cuando el sistema ya no necesita personas, solo queda decidir qué parte de uno mismo se está dispuesto a perder.
José Félix Collazos


