Mongol
En un género –el de aventuras– de narrativas apresuradas Mongol apuesta por la persistencia como forma de transmisión cultural; la película de Amarsaikhan Baljinnyam se despliega en una temporalidad amplia, donde el destino del héroe no se precipita sino que se acumula lentamente. La historia –un joven nómada acusado injustamente que deviene forajido y símbolo– se inscribe en la épica más clásica, sin voluntad de renovación. Ese clasicismo es a la vez su fuerza y su límite: funciona como mito moral sobre el honor, la justicia y la identidad, pero su estructura previsible y la reiteración de situaciones debilitan el impacto de algunos pasajes.
La mayor potencia –como en el western– surge en su relación con el espacio. Los paisajes abiertos, filmados con vocación contemplativa, no son telón de fondo sino extensión del estado interior del protagonista: su soledad y resistencia. El cuerpo del héroe, constantemente puesto a prueba, construye una épica más física que psicológica en la que Baljinnyam –también protagonista– parece menos interesado en el retrato introspectivo que en la figura simbólica, en el emblema. Ahí se percibe su voluntad de afirmación cultural: contar una historia propia desde una cinematografía poco visible en el mapa global. Mongol no es revolucionaria pero sí significativa y su valor reside menos en lo que innova que en lo que reitera: la capacidad del cine para construir imaginarios nacionales.
José Félix Collazos


