Magallanes. La violencia detrás de la cartografía
Toda cartografía es una forma de poder. Los mapas no solo describen el mundo: lo clasifican, lo organizan y lo someten a un determinado punto de vista. Durante siglos, las grandes expediciones marítimas fueron inscritas en la historia occidental como gestas fundacionales que ampliaron los límites de lo conocido pero cada línea dibujada sobre esos mapas implicó también una operación de apropiación y dominio. Con Magallanes, Lav Diaz desmonta ese imaginario para interrogar las formas de violencia y borrado cultural ocultas tras aquellos relatos.
Desde sus primeras imágenes, la película invierte radicalmente la perspectiva histórica: una mujer indígena celebra la aparición del hombre blanco como la materialización de una antigua profecía; sin embargo, esa expectativa queda inmediatamente anulada por la visión de los cadáveres que deja tras de sí esa llegada. Diaz desplaza así el centro del relato desde los conquistadores hacia las huellas que fueron dejando.
Lejos de construir una biografía al uso, el cineasta filipino utiliza la figura de Fernando de Magallanes como encarnación de una lógica colonial sustentada en la expansión y el fanatismo, donde el navegante portugués aparece como una figura trágica consumida por un empeño obsesivo que justifica cualquier sacrificio. Su recorrido recuerda al de ciertos visionarios del cine de Werner Herzog, aunque Diaz sustituye el delirio por una observación rigurosa de los mecanismos históricos del poder.
Uno de los aspectos más fascinantes de la película reside en su representación de la violencia: en lugar de rodarla, Diaz elige mostrar sus consecuencias. Las ejecuciones y matanzas permanecen casi siempre fuera de campo; lo que vemos son cuerpos abandonados y espacios habitados por la muerte en los que la violencia se convierte en una presencia persistente que contamina el paisaje. Esta estrategia conecta con una de las ideas centrales del film: la colonización no fue únicamente una empresa militar o económica, sino también una forma de devastación espiritual: cristianismo y colonización, cruz y espada, forman parte de un mismo proyecto de sometimiento donde el discurso de la salvación convive –sin contradicciones– con la esclavitud y la destrucción cultural.
Formalmente, Magallanes ocupa un lugar singular dentro de la trayectoria de Lav Diaz. Aunque conserva algunos de los rasgos esenciales de su cine –la dilatación temporal, la contemplación, los silencios, la importancia dramática del paisaje y una rigurosa puesta en escena que rechaza cualquier forma de espectacularidad–, la película introduce una depuración visual poco habitual en su obra. La colaboración con Artur Tort dota a las imágenes de una densidad pictórica extraordinaria, convirtiendo cada plano en un espacio tensionado entre la belleza y la devastación. Los verdes profundos de la vegetación, los interiores modelados por una luz casi tenebrista o las figuras humanas empequeñecidas por la inmensidad del entorno remiten tanto a la pintura clásica como a ciertas exploraciones contemporáneas de Albert Serra: la belleza de las imágenes no atenúa la brutalidad de lo representado; por el contrario, establece una tensión constante entre la fascinación estética y el horror.
Como en sus grandes obras sobre la memoria filipina, Diaz sigue interrogando la relación entre tiempo, poder e Historia, rehuyendo la reconstrucción ilustrativa de los acontecimientos para capturar la persistencia de sus huellas. La Historia aparece así no como una sucesión de hechos, sino como un sedimento de cuerpos, paisajes y espectros que continúan habitando el presente.
Quizá la mayor virtud de Magallanes resida precisamente en su capacidad para desactivar los mecanismos tradicionales de la épica histórica. Diaz toma uno de los grandes relatos fundacionales de la modernidad occidental para vaciarlo de cualquier heroísmo y devolverlo a la escala de sus consecuencias humanas, hacia aquello que suele quedar fuera del encuadre de la Historia: los muertos anónimos, los territorios ocupados, las culturas sometidas y –en el plano que cierra el film– las vidas fracturadas por la expansión colonial. Más que revisar una figura histórica, Magallanes cuestiona las condiciones mismas de su mitificación: no es tanto una película sobre el explorador como una reflexión sobre los dispositivos que convierten determinadas figuras históricas en leyenda. Allí donde los relatos tradicionales han visto descubrimiento, progreso o civilización, Diaz encuentra formas de violencia inscritas en el propio acto de nombrar, representar y conquistar el mundo. Su película acaba funcionando como una contracartografía visual: un gesto cinematográfico que no pretende añadir nuevas rutas al plano, sino revelar las ausencias, los silencios y las heridas que esos mapas han ocultado durante siglos. El resultado es una obra de gran potencia política y formal que interroga no solo el pasado colonial, sino también las formas en que seguimos mirándolo y representándolo en el presente.
José Félix Collazos



