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Los buenos demonios

Director: Gerardo Chijona

Crítica publicada en la web de "Caimán Cuadernos de Cine" con motivo del Festival de Málaga 2018
Fecha: 20/04/2018
Autor: José Félix Collazos

Un coche recorre las avenidas nocturnas de la Habana en un travelling lateral cortado por pautados fundidos a negro. Sobre la pantalla, la violencia y el hedonismo que late bajo la noche de la isla caribeña. Al volante Tito (Carlos Enrique Almirante), un joven cubano, transporta al enésimo turista español que desgrana un paternalista discurso sobre Cuba y el mundo democrático. Se adentran en una zona perdida que alarma al pasajero y, con un disparo, el conductor le asesina fuera de campo. Títulos de crédito.

El prólogo de “Los buenos demonios” nos sitúa con encomiable economía en un mundo lleno de contradicciones y contrastes, que esconde atroces realidades bajo la superficie y descubre, abruptamente, el lado más oscuro de uno de los cinco protagonistas del film que componen un retrato transversal de la sociedad cubana a través de tres generaciones con muy distintas posiciones éticas y formas de entender los dilemas morales. A saber: el romanticismo y compromiso de los pioneros revolucionarios, el utilitarismo de los propietarios emergentes y profesionales de la sociedad intermedia (el “hombre nuevo” que habría de surgir) y la Cuba actual, hijos del devastador periodo especial que asoló el país durante la crisis de los 90. Una juventud que busca su futuro sin culpa ni empatía.

Gerardo Chijona, que ya presentó en 2011 su película Boleto al paraíso con la que fue premiado en la sección “Territorio Latinoamericano”, vuelve a Málaga para cerrar la sección competitiva con una obra que abandona las premisas iniciales del thriller con sociópata y se pone el rutinario traje del costumbrismo para reivindicar el derecho de los propios cubanos a construir el relato de su “aquí y ahora”, una imagen tantas veces hurtada por el observador foráneo, ese intruso que puede tomar forma tanto en el observador internacional como en el turista más irritante (liquidado por el justiciero “Travis” local), tan invasor como los alienígenas que de forma insistente acaparan los programas de la televisión; una divertida metáfora, también, sobre un país que no se reconoce en la imagen que dan los medios oficiales. Precisamente, un uso más radical y surrealista del humor que aflora en las situaciones cotidianas podía haber elevado una propuesta que poco a poco se desliza por situaciones ya trilladas y un tono que no acaba de dar músculo al guión de Daniel Díaz Torres y Alejandro E. Hernández (autor de la novela en la que está basada la película y colaborador habitual de Manuel Martín Cuenca). La puesta en escena en una Cuba luminosa y colorista, huyendo de clichés y en contrate con las tinieblas de los personajes, supone una apuesta original que acentúa los contrastes entre apariencia y realidad, pero es insuficiente para compensar un rutinario ejercicio de cámara.

Con todo, el final del film, inteligentemente abierto pero resolutivo en lo conceptual, supone la gran metáfora de una sociedad y un pueblo que mirando a cámara descubre la imagen de su propia realidad.

José Félix Collazos

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