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Las cosas que decimos, las cosas que hacemos

Director: Emmanuel Mouret

Crítica publicada en el número de julio/agosto 2021 de "Caimán Cuadernos de Cine"
Fecha: 02/07/2021
Autor: José Félix Collazos

LA LEY DEL DESEO

Ya en su título ­tan largo como evocador –Las cosas que decimos, las cosas que hacemos– tiene la última película de Emmanuel Mouret su ascendiente rohmeriano: un universo de “décalage” entre las acciones y los discursos de los personajes y una inquebrantable confianza en el poder de las palabras para generar cine. No es la única referencia, pero sí la más directa, de un cineasta habitualmente comparado con Woody Allen por su doble condición de realizador e intérprete y su gusto por las películas discursivas con personajes cultos y desorientados en constantes crisis vitales. Mouret va en busca de lo extraordinario desde un punto de partida convencional: el encuentro entre Maxime, aspirante a novelista que quiere “contar historias sobre sentimientos”, y Daphne –mujer de su primo François– que “ama las historias de amor de otras personas” y le acompañará durante largos paseos por la campiña francesa en la que desgranarán sus infortunios amorosos. 

A partir de las confidencias entre la pareja, el film se abre a otras historias interconectadas y a nuevos personajes, gestionando la información para invitarnos a entrar en un juego, intelectualmente estimulante, de seducción y espejos donde no es difícil reconocerse en un rico tapiz de emociones (y contradicciones). Consciente del poder de la ficción para alimentar la vida y que en el tránsito sentimental cada elección es una renuncia, el realizador marsellés nos transporta a otras existencias, a esas vidas que no podemos vivir porque “no se pueden tomar todos los caminos a la vez”. 

El ejercicio, sustentado en un calibrado guion con diálogos bellamente escritos y construcciones sofisticadas, salta de una historia a otra para completarlas y enriquecerlas a través del uso del flashback; y algunos giros ingeniosos –como en la cinta que da título a esta crítica­– resignifican todo lo visto anteriormente y ponen en duda nuestras propias convicciones. Para generar suspense en esta intriga sentimental, Mouret también invoca a Hitchcock, adelantando información que da un nuevo significado a las situaciones. El resultado es un delicioso viaje por la condición humana que toma inesperados vuelos con la interpretación de los actores, una puesta en escena fluida y favorecida por planos secuencia (en los que deambulan los personajes como en el laberinto de sus propios sentimientos) y una luminosa fotografía que aporta unidad estilística a los saltos temporales y elipsis que configuran su estructura.

La cita cultural, tan afecta a Mouret, adopta aquí la misma ligereza o profundidad con la que se conducen sus criaturas. Superficiales alusiones literarias (Tolstoi, Sartre, Balzac…) conviven con reflexiones filosóficas y la teoría del “deseo mimético”: deseamos algo no porque lo consideremos deseable en sí, sino porque otras personas lo desean. Pero la madurez artística del realizador aparece en el exquisito uso de fragmentos de música clásica. Las más populares y manidas composiciones se redescubren, como nuevas, añadiendo lirismo a los deseos reprimidos. Y en la cinta, alternativa y dual, el tiempo del drama se abre al espacio de la comedia, porque nuestra situación –también en el territorio rohmeriano– siempre depende del lugar que se ocupa en la geometría del deseo.

José Félix Collazos

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