Langosta
Yorgos Lanthimos, un francotirador que ya puso en su punto de mira un consenso tan imprescindible socialmente como el lenguaje en Canino (2009), nos entrega en su última obra una diatriba contra nuestra incapacidad, individual y colectiva, para asumir la consustancial soledad del ser humano en una película que, con un reparto internacional y un asimétrico plurilingüismo, potencia su vocación de fábula universal sin perder por ello los rasgos personales detectados en anteriores obras de su autor.
En esta inclasificable película (sería una auténtica contradicción poder catalogar una obra cuya médula es cuestionar esquemas preestablecidos) el director navega entre géneros para cargar con munición pesada contra las estructuras sobre las que se cimienta nuestro orden social comenzando por su más básica organización, su elemento nuclear: la pareja.
Durante la primera mitad del film, la más estimulante, la historia transcurre en un hotel al que son enviados aquellos que se quedan solos y donde en un tiempo limitado tendrán que encontrar su complemento si no quieren acabar convertidos en animales. Durante el registro, un atolondrado Colin Farrel tiene que elegir su orientación sexual en la dicotomía heterosexual-homosexual; la bisexualidad queda descartada ya que en este microcosmos generaba problemas de catalogación. Toda una declaración de principios.
A partir de aquí acompañamos a varios personajes en la desesperada búsqueda, a ratos cómica y en otros ácida, de esa compañía que pueda cambiar su destino y con quien tienen que compartir un rasgo de personalidad o característica. El engaño está penalizado, pero en el juego del cortejo ¿quién no simula ser quién no es?. Intercambiablemente vestidos de igual manera según su sexo para reforzar la idea de arquetipos, las parejas formadas tendrán que superar varias pruebas de convivencia con algunas impagables reglas como poder pedir hijos ante las dificultades en el transcurso de las fases “porque eso siempre ayuda”. Otro modelo puesto en solfa: la familia como pieza básica de la organización social.
Pero que nadie se llame a engaño. Tras romper las reglas del juego, el personaje de Farrell escapa al bosque de los solteros, un mundo asilvestrado y salvaje igualmente reglado y normativo donde una implacable líder (Léa Seydoux) se encarga de vigilar y evitar cualquier aproximación emocional entre sus miembros. Y es aquí, en medio de todas esas dificultades, donde el personaje encuentra su auténtico “amor” en la figura de Rachel Weisz, un amor a contracorriente y desafiando las reglas como en la narrativa romántica clásica, y de paso el espectador conoce a mitad de la función a quién pertenece la voz en off que le ha acompañado desde el principio, en la que supone una de las decisiones más discutibles de la puesta en escena de esta distópica historia, que sin embargo sale airosa de la difícil prueba de mantener un tono resbaladizo y personal. Y lo consigue con unas adecuadas y convincentes interpretaciones, además de una factura técnica y diseño de producción que potencian esa idea de “fábula”, bosque incluido.
Quizás la película no sea para todos los espectadores, pero su mensaje es rotundo y universal, el matrimonio (o la vida en pareja) es el precio que tenemos que pagar por nuestra incapacidad para asumir la eterna soledad, la dolorosa condición de individuos, y la moneda es la mutilación de alguno de nuestros sentidos, la desintegración del yo, una disyuntiva no resuelta en el magnifico final abierto de la obra.
José Félix Collazos


