La semilla de la higuera sagrada
La semilla de la higuera sagrada se presenta como un drama moral que, en su transitar, se transmuta en un thriller simbólico y político. La obra comienza anclada en una premisa aparentemente sencilla: Iman, un funcionario del régimen iraní, navega entre la obediencia a un sistema teocrático y las tensiones éticas que lo asedian. Esta trama inicial parece prometer una exploración de los dilemas personales que se debaten en el umbral de lo moral y lo social. Sin embargo, la obra se fragmenta en su evolución.
El relato se sitúa en 2022, cuando las mujeres iraníes se alzaron contra el velo de la opresión. En ese contexto, la casa de Iman se convierte en un microcosmos de la revolución dejando entrever las grietas del régimen en el espacio doméstico. Rasoulof maneja con solvencia esta primera mitad, combinando las tensiones sociales con una dinámica familiar marcada por la sumisión a los roles. Sin embargo, a medida que el relato avanza, la trama abandona el realismo para adentrarse en la alegoría. El punto de inflexión se da con la desaparición de la pistola del protagonista, símbolo del poder estatal y de su autoridad patriarcal. Esta pérdida desencadena una paranoia devastadora: Iman, despojado de su “seguridad” y con su carrera en juego, se lanza a una caza de brujas en su propio hogar contra su esposa e hijas. La casa, otrora refugio, se transforma en el escenario de una batalla simbólica donde la figura paterna es desmantelada y la revolución se desplaza del espacio público al privado, ilustrando cómo las estructuras de poder se desmoronan desde dentro.
La segunda mitad de la película insiste en la denuncia metafórica. La higuera del título, cuyas ramas asfixian su tronco, cristaliza el “cáncer moral” del patriarcado y de la dictadura teocrática. Las ruinas de la ciudad abandonada del desenlace refuerzan esta idea: un país derrumbado por un estado policial y enfermo.
Pese a su poderosa carga simbólica, la obviedad de algunas metáforas debilita una narrativa que, aunque sólida, sacrifica la sutileza en favor de un discurso directo; pero en ese sacrificio también encuentra su fuerza: un grito valiente y desesperado contra un sistema caduco –pero activo– que asfixia tanto como la higuera que lo simboliza.
José Félix Collazos



