La promesa de Hasan
La cinematografía de Semih Kaplanoğlu se caracteriza por un ritmo paciente y contemplativo –rozando el ensimismamiento– que lo catapultó a los circuitos internacionales con su “Trilogía Yusuf”: Huevo, Leche y Miel, Oso de Oro en 2010. Cineasta de enorme prestigio en su país –ha sido seleccionado varias veces para representar a Turquía en los Oscar©– pertenece a la llamada “tercera generación” del cine turco, de la que forma parte Nuri Bilge Ceylan. La promesa de Hasan es el segundo vértice de su nuevo triángulo sobre el compromiso, compuesto por obras sobre dilemas de personajes confrontados a sus sistemas de valores personales. Si su anterior film, Baglilik Asli (2019) se desarrollaba en un entorno urbano, en esta ocasión elige el ámbito rural para explorar las relaciones familiares y el conflicto entre la fe y las aspiraciones personales en un contexto atrapado entre tradición y modernidad.
Con enfoque realista y vagamente político, Kaplanoğlu hace una radiografía social a través de Hasan, un agricultor que cultiva la tierra heredada de su padre en un lugar azotado por un viento inquietantemente presente en todo el diseño de sonido. Desde su presentación, desamparado ante un ingeniero que le comunica la próxima instalación de una torre de alto voltaje en sus tierras, el personaje se va dotando de complejidad y claroscuros a través de sus maniobras con un juez local para desviar la torre a la finca adyacente, su oportunismo para quedarse con la tierra de un vecino embargado a un precio inferior del valor real y su aspiración de realizar la peregrinación a la Meca con su esposa; un precepto musulmán que amenaza su conciencia y revela la hipocresía en la que se mueve el matrimonio, cómplices en su astuto egoísmo pero atravesados por un enorme vacío lleno de culpa. Con ritmo letárgico, el film avanza hacia la posibilidad de redención y arrepentimiento con imágenes de la despiadada belleza del campo y secuencias oníricas de desigual valor metafórico para retratar las contradicciones de un hombre tan imperfecto como la propia sociedad.
José Félix Collazos


