La noche de 12 años
“Proivido pasar”. No puede haber más concisión en una imagen que la de los límites impuestos por los carceleros de La noche de 12 años para definir su embrutecimiento. Casi duele. Aunque duele más presenciar la brutalidad a la que fueron sometidos los guerrilleros tupamaros Mauricio Rosencof, Eleuterio Fernández “Ñato” y José “Pepe” Mujica durante su irregular confinamiento por la dictadura militar uruguaya entre 1973 y 1985, un paréntesis de tinieblas preñado de abusos, incomunicación y palizas. Desde el brillante primer plano, una panorámica de dos vueltas completas, que va dejando alternativamente en foco y fuera de campo la violencia en el penal, Álvaro Brechner construye su obra lejos del biopic convencional y del cine político con el que el cono sur americano ha revisado su pasado más reciente. El realizador apuesta por un viaje sensorial al encierro y la psique de sus protagonistas –hasta el límite de la locura– con un estilo “impresionista” donde el trabajo de imagen, edición y, sobre todo, un enfatizado sonido transportan al espectador al núcleo mismo de la soledad y el aislamiento para experimentar sensaciones que acerquen la vivencia de un tiempo, aquí percibido casi como eternidad, tan líquido y maleable como el tempo fílmico.
Durante su extraordinaria primera mitad, Brechner encierra el relato en un restringido espacio (físico y emocional) en el que abre un pequeño resquicio para el humor como en la hilarante secuencia de la imposibilidad de defecar esposado. Es aquí donde la propuesta resulta más corpórea, más física. Luego el film se airea con flashbacks explicativos, recuerdos distorsionados y ensoñaciones de montaje entrecortado y efectista que derivan en la parte más discutible de un film que, sin querer parecer político, toma partido en su puesta en escena (los crímenes de los militares están filmados mientras que de las acciones de los Tupamaros solo tenemos noticias a través de la radio) y evidencia su compromiso, como cuando hacia el final “Ñato” se entretiene, antes de su ansiada liberación, fregando los platos “para los que vendrán”.
José Félix Collazos


