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La importancia de llamarse Oscar Wilde

Director: Rupert Everett

Crítica publicada en el número de mayo 2019 de "Caimán Cuadernos de Cine"
Fecha: 26/04/2019
Autor: José Félix Collazos

Existe un hilo (no tan invisible) que conecta a Oscar Wilde con Andy Warhol más allá de su categoría como iconos gay recogida en el ensayo Materializing Queer Desire: Oscar Wilde to Andy Warhol (Elisa Glick, 2009) donde se utiliza la figura del dandy para explorar las relaciones entre homosexualidad, modernismo y modernidad. Y es que el autor victoriano representa, y de forma pionera, la condición de “celebrity” tan hábilmente manejada por el padre del pop y también la cara perversa de la sobreexposición pública: el juguete roto. Centrado en los últimos años de exilio voluntario en Europa del gigante literario tras su famoso juicio y encarcelamiento, Rupert Everett se estrena como guionista y director para narrar el purgatorio de un hombre que disfrutó un paraíso de gloria antes de ser desterrado de él para siempre.

Con una estructura impresionista y episódica –a veces una maraña de recuerdos, viñetas y flashbacks– el film se dota de una turbia paleta de colores otoñales, iluminación en claroscuros como su contradictorio protagonista y una partitura elegíaca. Desde cierto corsé de prestigiosa producción europea, Everett se permite alguna travesura cinéfila al introducir citas veladas a Visconti, Hitchcock o incluso Kubrick. Sin embargo y a pesar de notables momentos conmovedores, la obra, ensimismada en su diseño de producción, a ratos pierde el foco sobre la terrible soledad de un hombre en decadencia por sus imprudentes decisiones, y la tóxica relación de “amour fou” con Lord Alfred Douglas no acaba de percibirse en toda su complejidad. Pero cualquier carencia mostrada por el actor británico al debutar se ve compensada por su profunda conexión con el tema y el personaje; la denuncia de la hipocresía y la injusticia recorre la película como una envenenada corriente subterránea y su composición de Wilde es antológica: errante, generoso y depredador, brillante y patético, un narcisista ingenioso hasta el trance final porque "Cada hombre mata a la cosa que ama ..." y “Amarse a sí mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida”.

José Félix Collazos

 

 

 

 

 

 

 

 

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