La asesina
Una mujer aparece en escena como una presencia inasible y misteriosa sobre un contrastado y elegante blanco y negro: luces y sombras, Ying y Yang, virtud y pecado… y así estos colores tienen su reflejo significante en las vestimentas portadas por su monja mentora y ella misma durante las primeras secuencias que abren la última obra de Hou Hsiao-Hsien. Antes de finalizar este brillante prólogo ya sabremos que es una asesina entrenada, que tiene una misión que cumplir y que posee un rasgo de personalidad que puede desbaratar cualquier intención de programar su voluntad.
A partir de aquí la película se adentra en el viaje de esta mujer, Yinniang, para ejecutar su misión. Sobre esta premisa del cine de acción y encardinada en los reinos fragmentados de la China medieval y sus luchas por el poder, el director sitúa "La asesina" cerca del territorio del “wuxia” para regalarnos una obra de autor muy alejada de las aproximaciones de otros realizadores –como Ang Lee o Zang Yimou– al género. Aquí las acciones son rápidas y fugaces, secas como el buen oficio de matar porque donde el director taiwanés quiere detenerse es en la vida, pasada y futura, de los personajes que de forma algo caótica pueblan el complejo mosaico de traiciones y ocultos sentimientos en el que se ha convertido el reino gobernado por su primo, un amor pretérito al que estuvo prometida, futura víctima y objetivo de su encargo.

Sin moverse de su propia tierra Yinniang realizará un viaje mucho más importante; el tránsito hacia el (re)encuentro consigo misma y sus principios, la asunción de su personal código de valores y sus consecuencias. En este discurrir aflorarán historias y personajes de los que quisiéramos saber más, como la familia de la protagonista, el gobernante y su amada concubina, la esposa traicionada y conspiradora, el mago hechicero y su enmascarada guerrera, la monja mentora o, por lo menos, buscar un asidero que conecte las partes del delicado lienzo en el que se va convirtiendo la película, un obra de exquisita composición, una sucesión de encuadres de enorme belleza donde abundan los detalles sutiles, de largos planos cuidadosamente planificados para descubrir la belleza en su pausado tiempo interior y que alcanzan su cima en el parsimonioso plano de diez minutos, una lenta danza rodada entre sedas y transparencias que velan intermitentemente la imagen de dos personajes mientras desgranan de forma parcial y fragmentada su propia historia y la de otros, una auténtica declaración de principios de Hsiao-Hsien y su puesta en escena.
Pero La asesina, más que una perfecta simbiosis de forma y contenido resulta un equilibrado ejercicio de razón y corazón, una película compleja, pensada y sentida, difícil de desentrañar entre sus múltiples meandros narrativos, un reto intelectual que nos recuerda el disfrute del asombro ante lo misterios difíciles de descifrar. Porque frente a la interpretación, como recordaba Susan Sontag, “hay que ver más, hay que oír más, hay que sentir más”.
José Félix Collazos


