Joyland
Un hombre juega con sus sobrinas, como un fantasma, ocultando su identidad tras una sábana. Se trata de Haider quien, desempleado, se queda en la casa familiar para cocinar, limpiar y cuidar de las hijas del heteronormativo matrimonio formado por su hermano Saleem y su cuñada Nucchi. Él también está casado con la independiente y soñadora Mumtaz en una relación regida por la mutua camaradería. Y en el patio de este fresco familiar reina, en su trono particular, su anciano padre en una silla de ruedas como símbolo de un patriarcado enfermo. Las escenas introductorias de Joyland combinan ligereza e intensidad para plantar los principios de un itinerario de transformación y autodescubrimiento en una sociedad que sofoca a sus individuos bajo la presión de roles y géneros. Y lo hace con una inteligente intersección narrativa del mundo costumbrista pakistaní con la sordidez de los teatros eróticos nocturnos en los que empieza a trabajar Hayder como bailarín de Biba (Alina Khan), una mujer trans en permanente lucha por encontrar un espacio para sí misma en un mundo lacerante y brutal. El encuentro entre estos dos seres vulnerables dará comienzo a un complicado enamoramiento en el que ninguno entiende lo que el otro necesita y Haider ignora quien (y qué) es ella realmente, tanto como desconoce su profunda y auténtica identidad.
Ganadora del Premio del Jurado de Un Certain Regard en Cannes y la Queer Palm, Joyland no es una película sobre una transgénero –aunque en una hilarante escena su gigantesca presencia se imponga en la noche– sino una interrogación melancólica y agridulce sobre la sexualidad; una dolorosa exploración sobre feminidades, masculinidades, libertad y represión en la que, de forma inédita, la mujer trans no es la receptora de todo ese dolor que impregna este intrincado mosaico de deseos individuales y colectivos. Aquí, ningún personaje (sobre todo femenino) está dibujado con ligereza y su mirada compasiva humaniza a todos en encuadres visualmente evocadores que marcan la distancias entre ellos y una interesante jerarquía posicional.
El guion, del propio director y su coguionista Maggie Briggs, está tejido con los sigilosos hilos de los secretos para crear una íntima madeja de relaciones llena de observaciones introspectivas que eluden obvias denuncias sociales. En este drama, no hay villanos ni claros opresores, solo un mundo incierto en su propio estado de transición colectiva. Un mundo retratado en formato 4:3 por la cámara del operador Joe Saade que busca la verdad en los primeros planos con una significante paleta de colores vivos y brillantes –como los sedosos saris de las mujeres– y un texturizado uso de la luz, las sombras y la oscuridad. Las tomas, pacientes y fijas en la mayoría de los casos, solo se mueven a veces imperceptiblemente con los cambios de unos personajes a los que a veces captura tan desenfocados como su confuso mundo interior. Y un inesperado flashback final desplaza todo el punto de vista hacia un personaje que comprendió que esa tierra de la alegría del título solo es el nombre de un parque de atracciones dónde la felicidad es artificial y, sobre todo, efímera.
José Félix Collazos


