Good Boy
Good Boy se construye desde la renuncia al punto de vista humano para asumir una experiencia fragmentaria del mundo. La cámara, situada a la altura de un perro, no busca traducir su mirada, sino compartir su desconcierto, su incapacidad para comprender la descomposición de su entorno. Desde esa perspectiva no antropocéntrica, el film desplaza el miedo hacia una experiencia perceptiva y afectiva. El animal no sabe qué es la muerte, la enfermedad o un fantasma, pero detecta su presencia en el espacio, en los sonidos, en el comportamiento errático de su dueño. El terror emerge así del fuera de campo, de una amenaza que nunca se define del todo y que se confunde con el deterioro físico y mental de su amo. Y la casa embrujada deja de ser un tropo de género para convertirse en un entorno de vulnerabilidad y dependencia.
La radicalidad formal del film –rostros humanos ocultos, sonido como eje narrativo, montaje sostenido en la observación– refuerza esta ética de la limitación. Todo aquello que el perro no ve ni entiende permanece inaccesible para el espectador. Esa coherencia es su mayor logro, pero también su límite: personajes humanos deliberadamente limitados y cierta indefinición debilitan la progresión dramática. Aun así, Good Boy trasciende el ejercicio de estilo para convertirse en una fábula melancólica sobre la dependencia, donde el terror surge de no poder entender el mundo y, sin embargo, no poder abandonarlo.
José Félix Collazos


