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Falling

Director: Viggo Mortensen

Crítica publicada en el número de octubre 2020 de "Caimán Cuadernos de Cine"
Fecha: 02/10/2020
Autor: José Félix Collazos

CONDENADOS A (CON)VIVIR

Falling se abre con una secuencia en la que un padre primerizo se agacha sobre su retoño recién nacido para decirle “Lamento traerte a este mundo solo para morir”. Viggo Mortensen, quien interpreta a ese hijo en la edad adulta, recogió su premio Donostia en el pasado Festival de San Sebastián reivindicando que “la vida es un regalo”. Estas dos frases, aunque pertenecientes a distintos ámbitos (la película también se despliega en diferentes tiempos y puntos de vista), resumen a la perfección la antagónica personalidad de sus dos protagonistas en este duelo paternofilial lleno de heridas emocionales y reproches que, inteligentemente, no busca tanto la redención sino el encuentro. John Petersen vive en California con su marido Eric (Terry Chen) de ascendencia chino-hawaiana y su hija latina adoptada. En su hogar acoge a su anciano padre Willis (Lance Henriksen), conservador, misógino, homófobo y racista, exponente de la América profunda al que un deterioro cognitivo está acentuando una personalidad abusiva paradigma de todo un sistema: el patriarcado de masculinidades tóxicas. En este drama familiar con el que debuta tras la cámara no es difícil encontrar –conocidas las inquietudes políticas del neoyorkino– sugerentes paralelismos con la situación de su país, una sociedad cada vez más fragmentada con dos realidades en constante colisión.

Mortensen articula el film trayendo el pasado al presente a través de unos flashbacks que rompen la narrativa lineal y que, deliberadamente, son ambiguos respecto del punto de vista, lo que aporta un cierto caos al relato –por momentos justificado en la desorientación de un hombre que pierde la memoria­­– pero activa la mirada del espectador, retado a completar algunas piezas del puzzle. Esta intrincada estructura está apuntalada por la edición de Ronald Sanders, colaborador habitual de David Cronenberg (quien aparece en una secuencia con cierto humor escatológico), que activa los saltos temporales interrelacionando objetos o estados de ánimo para ayudar a la comprensión y desarrollo de la psicología de los personajes. Una construcción coherente con el empeño de Mortensen por entender al otro y que busca la empatía, a veces forzada, con el desagradable personaje que encarna con furia y solvencia Henriksen, un hombre que en su demencia no sabe muchas veces en qué tiempo vive, constantemente enfadado y confuso en un mundo que ya no es el suyo en contraposición al paciente John que parece escudarse en la demencia senil de su progenitor como excusa para evitar una explosiva confrontación que se adivina ineludible.

Con códigos de melodrama y chocando en algún momento con ciertos clichés, Mortensen ofrece una mirada compasiva que indaga en los lazos que nos mantienen unidos y, sin ignorar faltas y agravios, explora la tolerancia y la aceptación como herramientas para romper brechas ideológicas, eludiendo un enfrentamiento frontal y estéril. Su apuesta, lejos de la ingenuidad, avisa que todavía hay muchas batallas que creíamos ganadas por conquistar. Pero en vez de matar al padre, opta por dejarle ir plácidamente con sus recuerdos: esplendor sobre una hierba que ya está inevitablemente cubierta por un nuevo manto de nieve.

José Félix Collazos

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