El techo del mundo
Rémi Chayé –cineasta curtido como storyboarder en otras producciones de animación– ha encontrado en el relato decimonónico de aventuras, y más concretamente en el confesado universo de Julio Verne, el material para debutar con una cinta que reivindica la animación 100% europea; muy alejada del estilo Pixar-Disney pero deudora del lirismo de los maestros japoneses y que, sin embargo, late con fuerte personalidad propia.
Las aventuras de Sasha, una adolescente de la aristocracia rusa, en busca del barco de su amado abuelo, perdido en una expedición zarista al Ártico, es el emocionante relato de un viaje de crecimiento personal y maduración repleto de personajes con un interesante desarrollo y donde destaca la entrañable protagonista, una heroína moderna que se enfrenta a sus miedos y a los convencionalismos de su época y ambiente social para conseguir su objetivo y descubrir todo un universo de valores basados en la tenacidad, la solidaridad y el esfuerzo colectivo.
Pero en lo que de verdad destaca El techo del mundo (Tout en haut du monde, 2015) es en su textura: una línea clara de ilustración en tintas planas, una elegante abstracción de perdidos contornos y un prodigioso uso del color y la gama cromática. Un estilo visual que hace de esta película infantil una obra delicada y exquisita, disfrutable para todos los públicos. En su sentido más literal.
José Félix Collazos


