El príncipe
Hay chaquetas rojas que empoderan tanto como los zapatos del mismo color que lucía Dorothy en El mago de Oz, pero las baldosas por las que transita el príncipe encerrado de este relato son amarillas por la orina. No es el único fluido corporal de este drama carcelario –ganador del “Queer Lion” en Venecia– que comienza con el charco de sangre del crimen cometido por su protagonista y que explora con crudeza una historia de “amor negro” en un presidio chileno en los tiempos precedentes a la victoria de Salvador Allende. Un periodo en el que, paradójicamente, las relaciones homosexuales se aceptaban con más naturalidad en las cárceles que en la sociedad del momento. La relación entre “El Príncipe”, un joven narcisista, y el cacique del módulo apodado “El Potro” –un hombre mayor y respetado– es el armazón de una historia sobre los afectos, la lealtad, la identidad sexual y también las luchas de poder carcelario en esta obra de título maquiavélico. Desde el sometimiento y la dominación iniciales, el motor del deseo va acercando los extremos del eje dramático (representados por estos dos personajes) hasta construir un relato de protección y respeto –también de padrinazgo, transferencia y aceptación– no exento de inusitada ternura bajo una violencia constante.
Sebastián Muñoz, director de arte en películas de Alicia Scherson y Pablo Larraín, destaca con el uso del reducido espacio de la celda, aunque el conjunto se contamina en el exterior con flashbacks arbitrariamente colocados y reinterpreta numerosas fuentes (Genet, Cocteau, El expreso de medianoche, El beso de la mujer araña, El profeta de Audiard…) hasta encontrar voz propia en una narrativa clásica que supera –sin eludirlos– clichés del género carcelario: ambiente claustrofóbico, guardas abusivos, sordidez y sexo brutal están aquí tratados con una temeraria explicitud que ignora por momentos la fuerza del fuera de campo pero que se equilibra con gestos sutiles y una observación naturalista para humanizar a estos hombres solos. Al fin y al cabo, tan básicos como todos, seres necesitados de cariño.
José Félix Collazos


