Cuatro manos
PRESTIDIGITACIÓN PSICOLÓGICA
Comienza Cuatro manos con un tenso acercamiento sobre un caserón romántico aislado en un promontorio y acechado por la actividad fabril de un complejo industrial. Ese paisaje, amenazador e incongruente, resume algunas de las ideas que habitan en este thriller psicológico: el aislamiento, la contradicción y, especialmente, el concepto de lo fronterizo con sus límites e intersecciones. Seguidamente la secuencia de apertura nos lleva al interior donde dos niñas interpretan, titubeantes, la Pavana de Gabriel Fauré interrumpida por el brutal asesinato de sus padres del que son testigos ocultas bajo un sofá. Así, de forma abrupta y prematura, eleva Kienle la línea dramática de una obra que arranca hábilmente con arquetipos bien conocidos: dos huérfanas, una casa solitaria, el ogro y la bruja presentes en los cuentos infantiles de sus compatriotas hermanos Grimm con toda la violencia y crueldad que detectó el psicoanalista Bruno Bettelheim.
Pronto el shock se extiende como un velo sobre el resto del film en otro paisaje: el interior de estas dos hermanas veinte años después cuando la pareja de asesinos son liberados tras cumplir condena. Jessica es una paranoica obsesionada por amenazas invisibles y deseos de venganza, Sophie una prometedora pianista que sólo quiere seguir con su vida; ambas con cicatrices mentales profundas en una relación codependiente y asimétrica con su propio duelo, atrapada cada una en una fase diferente a las descritas por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross en su ensayo On death and dying: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.
La muerte de Jessica en un accidente añade en Sophie un sentimiento de culpa ante el alivio de poder reconstruirse liberada de la paranoia sobreprotectora de su hermana. Pero ella no está libre de Jessica y sufre lo que parece ser una posesión violenta por parte de la personalidad de su hermana. Se abre así un nuevo dispositivo que desdibuja las líneas entre lo real y lo sobrenatural y la historia comienza a utilizar procedimientos de género (trastorno de personalidad múltiple, apagones de memoria…) intentando sortear los patrones más desgastados hacia una dirección más personal. A pesar de los ecos de Persona de Bergman sobre la identidad y el reconocimiento en el otro a través de dos almas femeninas, Kienle gestiona sus interesantes premisas sobre simbiosis y vampirización en un territorio más trillado y cercano al mito del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson. Atento al acabado formal, construye la película con refinadas imágenes atmosféricas de colores sombríos que remiten al Nordic Noir, un ingenioso diseño de sonido y un montaje nervioso de ritmo irregular y discutibles giros pero siempre propulsivo incluso en las partes que avanzan con una cantidad mínima de historia "contada".
En definitiva, una competente pieza de género que no cumple con la ambiciosa promesa de su configuración –equilibrar satisfactoriamente el impulso vertiginoso y una indagación sincera del proceso de duelo– y desemboca en una argucia final. Pero es que esta obra tiene que ver con el engaño. Al fin y al cabo, ¿no se engañan a sí mismos los supervivientes al pensar que han superado el trauma y sus horrores?
José Félix Collazos


