Cines del sur 2018: Imagen, punto cardinal
El sur se ha desplazado como territorio en el atlas cinematográfico. Sus fronteras, porosas, se amplían conceptualmente para albergar un cine invisibilizado y alternativo. Entre la necesaria tensión (no excluyente) entre lo identitario y la universalidad de sus contenidos, el festival Cines del Sur acogió una estimable selección de cintas que observan su realidad con marcado acento en lo social y lo político e indagan nuevos lenguajes de reivindicación y resistencia que superen lo local a través del universal lenguaje de la puesta en escena. Además, el debate sobre cine transnacional ha abierto en las cinematografías locales un tiempo –basado en la hibridación y el diálogo intercultural– en el que “el cine ha abandonado tierra firme para refugiarse en una isla que no está en los mapas”[1]. Parte de este cine fondeó en el certamen granadino, representado este año con la silueta del Mar Mediterráneo –punto de encuentro y mestizaje– reconvertido (al invertir la cartografía clásica) en un continente; una imagen sugerente y significante.

Es precisamente la búsqueda de una imagen propia y la consolidación de cinematografías todavía minorizadas, la hoja de ruta sobre la que transitó la muestra porque, como dice un personaje en The Great Buddha + (Huang Hsin-Yao), “solo la imagen es ahora aceptada como verdad”. La película taiwanesa, Alhambra de Bronce, es una comedia negra ecléctica formalmente y no exenta de crítica donde un marginado tiene un funeral con la única imagen de él registrada, la de su ficha policial. El Premio del Público, Praça Paris, también apunta a esa idea contrastando el retrato de la antepasada de la terapeuta con la total ausencia de fotos familiares de su paciente criada en las favelas y así acentuar la brecha social y cultural en Brasil. La veterana Lucia Murat planifica con rigor el duelo entre sus protagonistas y demuestra que otro thriller psicológico es posible.
La cinta argelina Until The End of Time (Yasmine Choulkh) obtuvo la Alhambra de Plata –premio para una película árabe– beneficiada por su amable tono costumbrista, pero la mejor película de ese entorno fue sin duda la iraní Dressage (Pooya Badkoobeh), única ausencia notable de un calibrado palmarés. Este maduro debut plantea un dilema moral lleno de aristas y mantiene la intriga hasta su resolución final con un coherente mensaje sobre las consecuencias de los propios actos.

El gran premio del festival, Alhambra de Oro, fue para la mexicana Mente Revolver (Alejandro Ramírez Corona). Su arranque es una secuencia de tortura sobre un negro tan oscuro como la realidad que deja fuera de campo. A partir de aquí, su director demuestra un asombroso dominio del foco y las ópticas para resaltar elementos en la composición de encuadres y una gran precisión narrativa en un relato convergente como la espiral de violencia que desangra su país. Completaron la sección competitiva The Song of Scorpions (Anup Singh), Traslasierra (Juan Sasiaín), Nervous Translation (Shireen Seno) y Side Job (Ryuichi Hiroki), film sobre las secuelas del desastre de Fukushima que concluye con la frase “No se preocupen por nosotros, hemos sobrevivido”. Fin de la cita.
José Félix Collazos
[1] Ángel Quintana, Cahiers du Cinéma. España, número 10. Marzo 2008


