Caníbal
Hannah Arendt acuñó el término “banalidad del mal” para explicar el comportamiento de individuos que actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos. En Caníbal (Manuel Martín Cuenca, 2013) el protagonista es, a su vez, un “monstruo” funcional, un respetado sastre de una pequeña ciudad de provincias que cumple escrupulosamente con su trabajo y sus deberes religiosos y un caníbal que subvierte la liturgia católica. Hay mucho de ceremonia en la forma ritual en la que el protagonista asesina y descuartiza a sus víctimas para comerlas después como último acto de amor y deseo. El director, además, acentúa este indisimulado paralelismo eligiendo el momento de la consagración y ofrecimiento del cuerpo de Cristo en la escena de la misa.
Al margen de este subrayado, todo en la obra es insinuación y sutileza. Martín Cuenca –cuya filmografía ha tocado temas al límite de la tolerancia social: la atracción por menores en La flaqueza del bolchevique o el incesto en La mitad de Oscar) construye el relato con sugerentes fundidos a negro y maneja la elipsis con inteligencia para, por momentos, jugar con la interpretación del espectador y en otros dejar que construya sus propias y aterradoras imágenes. En este sentido, son notables las desasosegantes secuencias donde el atildado sastre, con extremada pulcritud y diligencia, corta los trajes como metáfora visual sustitutiva de los descuartizamientos que el director siempre deja fuera de campo.
En la película, Carlos (a quien da vida Antonio de la Torre) es constantemente encuadrado a través de puertas y ventanas, en una puesta en escena que enfatiza su aislamiento físico y mental con la realidad que le rodea. La composición, arriesgada, que de su personaje hace el actor, supone un vaciamiento gestual que nos distancia tanto de la empatía como del escalofrío inmediato para llevarnos un paso más adelante en el horror y que tiene su máximo exponente en la terrorífica escena de la playa. A su lado, la actriz Olimpia Melinte hace doblete interpretando a dos hermanas Alexandra/Nina, una rubia y otra morena, una muerta y otra entrando en la vida del protagonista –ambas objeto de deseo para Carlos– en un juego de suplantación en el que no es difícil encontrar ecos de Vertigo (De entre los muertos) de Hitchcock. Es precisamente este personaje con su abrupta irrupción en la meticulosa “rutina” del protagonista quien puede ser su último asidero con el mundo. O la última víctima.
En el último tramo de la cinta, la sugerida “humanización” del protagonista y la posibilidad de redención de su culpa tienen su expresión en la secuencia del “crimen” de Nina, donde, una vez más utilizando iconografía religiosa, el director compone en el plano una perturbadora pietá que adelanta el resultado de sus intenciones.
Poco o nada sabemos de las razones que han llevado a Carlos a cruzar uno de los tabúes más extremos, pero adivinamos su negro futuro tras el expresivo plano final que deja al protagonista encerrado en su mundo (otra vez) tras una ventana con barrotes y el reflejo de la imaginería cristiana de un paso de semana santa. Y es que en su rostro se refleja el dolor de las pulsiones que no se pueden evitar.
José Félix Collazos


