Análisis de sangre azul
“El dos de enero de 1933 encontramos un hombre moribundo en las heladas cuevas de Marboré (Monte Perdido). Probablemente el primer extranjero que pisaba el valle”. Así comienza la película “médica” de vocación divulgativa que el doctor Pedro Martínez ––del sanatorio mental y de higiene “Casa Tartán”– realizó durante esa década; un tiempo en el que se dedicó a estudiar al paciente aquejado de amnesia aguda. Tras el análisis de sus características antropométricas, anatómicas y conductuales el médico vio, con su integración en el pirineo oscense, una oportunidad para mejorar la cadena genética y curar así la idiocia producida por la tradicional endogamia del territorio. Aquellas imágenes recuperadas son la sustancia de Análisis de sangre azul (2016). Pero… ¿es la película una recuperación sentimental de la memoria de los valles o una concienzuda reconstrucción en un registro precedente? ¿estamos ante un trabajo de arqueología cinematográfica o ante un radical ejercicio de mimetismo visual?.
Gabriel Velázquez –que ya presentó su anterior trabajo Ártico en la Berlinale– y la debutante Blanca Torres no buscan dar respuestas con esta inclasificable obra, sino plantear nuevas cuestiones para forzar (una vez más) los límites entre ficción y documental: un juego con la memoria para construir un discurso sobre la identidad, colectiva e individual, basado en la mirada –de reconocimiento y/o extrañeza– sobre el “otro”. Desde el romanticismo de las primeras películas paisajísticas y en contraposición a la saturación de imágenes de la actualidad, los directores de este travieso artefacto (donde no falta el humor) nos trasladan al valle de Valdellomar con la indisimulada intención de homenajear y recuperar la mirada incontaminada de los pioneros.
José Félix Collazos


