Amores brujos
Sin poder escapar del didactismo recurrente en el documental musical, Amores Brujos se instala en una zona fronteriza: entre la memoria cultural y la vindicación sociopolítica, entre el ensayo poético y la recreación ficcionada (esta última, la parte más endeble de la propuesta). El filme de Lucía Álvarez, que tiene en la pianista Rosa Torres-Pardo su columna vertebral, opera como palimpsesto: bajo la superficie del tributo a Falla se revela la figura velada de María Lejárraga, autora silenciada de los textos de El amor brujo, y verdadera protagonista simbólica del relato.
Construida como una irregular serie de cuadros escénicos –donde la palabra, el cante y la danza se ensamblan sin jerarquías–, la película articula una dramaturgia de lo fragmentario que rehúye el relato lineal y opta por la evocación atmosférica. Aquí el montaje funciona como coreografía invisible, y la música es el eje vertebrador. El diálogo entre Falla y el flamenco, lejos de resolverse en síntesis, se mantiene como tensión viva, casi ideológica: lo culto frente a lo popular, la literatura en la narración oral, la dialéctica entre masculino y femenino.
Con participación de artistas que encarnan el flamenco contemporáneo, y guiada con cierta solemnidad por textos de Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca o José Ramón Fernández, Amores Brujos no busca cerrar un discurso, sino abrir grietas por donde asome lo real: el duende, la voz, la historia que no se escribió.
José Félix Collazos


